Search
Lunes, 14 de Septiembre de 2026 20:37 hs. Clima: 10.2º
LUCIA DELLA BRUNA - Adultos mayores y caídas: cuando el miedo puede ser más perjudicial que la propia caída
Hoy en día .
Hora: 19:06
LUCIA DELLA BRUNA - Adultos mayores y caídas: cuando el miedo puede ser más perjudicial que la propia caída

En una nueva columna dedicada al cuidado y al buen trato de los adultos mayores, Lucía Della Bruna puso el foco en una situación frecuente que muchas veces se aborda solamente desde sus consecuencias físicas: las caídas. Sin embargo, esta vez la propuesta fue mirar qué sucede después, especialmente cuando una caída que no provocó lesiones termina generando miedo, pérdida de confianza y un progresivo encierro.


Lucía recordó que en las columnas anteriores se había hablado de sarcopenia, equilibrio y coordinación, factores estrechamente relacionados con la posibilidad de sufrir una caída. En ese sentido, señaló que la pérdida de masa muscular comienza mucho antes de lo que suele imaginarse: el proceso de sarcopenia puede comenzar alrededor de los 40 años, por lo que el ejercicio de fuerza debería formar parte de los hábitos de las personas desde esa etapa de la vida.


Pero hay otro elemento que puede convertirse en un problema: el miedo a volver a caerse.


Una caída que no dejó lesiones, pero sí dejó miedo


Para explicar este fenómeno, Lucía planteó el ejemplo de una mujer a la que llamó Marta. Un día salió de una panadería, se cayó y, aunque no sufrió fracturas ni lesiones graves —solamente algunos moretones—, a partir de ese momento comenzó a tener miedo.


Primero dejó de ir a la panadería. Después dejó de visitar a una amiga. Más tarde comenzó a pedir que otras personas hicieran las compras por ella. De a poco, dejó de salir y empezó a permanecer cada vez más tiempo dentro de su casa.


El problema, explicó Lucía, ya no era aquella caída sino todo lo que había provocado el miedo posterior: menos movimiento, pérdida de confianza y también pérdida de masa muscular.


'Todos tenemos una Marta' en nuestra familia o en nuestro entorno, fue la idea que atravesó el ejemplo. La advertencia apunta justamente a evitar que una caída se transforme en el comienzo de un círculo difícil de romper: menos movimiento genera menor fuerza y confianza, y esa pérdida puede aumentar nuevamente el temor a caerse.


El miedo también modifica la manera de caminar


Lucía explicó que existen señales que pueden indicar que una persona está caminando con miedo.


Una de ellas es comenzar a abandonar actividades que antes realizaba con normalidad. Dejar de caminar hasta un determinado lugar y comenzar a utilizar un remis, dejar de hacer mandados a pie o dejar de trasladarse en bicicleta son algunos ejemplos. También puede aparecer una disminución de la autonomía y de la participación en actividades cotidianas.


Pero el miedo también puede observarse en la propia forma de caminar.


Una persona temerosa puede comenzar a hacerlo de manera más rígida, con pasos cortos, arrastrando los pies o buscando permanentemente algún punto de apoyo. Lucía describió este último patrón como un 'paso de pingüinito': pequeños pasos, sin firmeza y arrastrando los pies.


Otro aspecto que llamó la atención fue la mirada. Caminar mirando permanentemente los pies reduce la capacidad de anticipar lo que viene. En cambio, mirar hacia adelante permite detectar con mayor anticipación un escalón, un charco, una vereda en mal estado u otro obstáculo.


La postura también entra en juego. La pérdida de fuerza en la espalda y el abdomen puede contribuir a que el cuerpo se vaya encorvando, mientras que la disminución de masa muscular afecta la capacidad de mantener una postura erguida.


Cuando la familia, sin querer, también transmite miedo


Durante la conversación apareció otro aspecto importante: muchas veces el miedo no proviene únicamente del adulto mayor.


Los familiares pueden transmitirlo permanentemente por temor a que algo suceda. La bicicleta, por ejemplo, puede ser una actividad que una persona realizaba habitualmente y que abandona porque su entorno considera que es demasiado peligrosa.


El problema es que, con la intención de proteger, también se puede terminar limitando la movilidad, la autonomía y la participación de la persona mayor.


Por eso, la propuesta no es ignorar los riesgos, sino prevenirlos sin convertir la prevención en encierro.


También están quienes no quieren pedir ayuda


Lucía se refirió además a otro perfil frecuente: el adulto mayor que, por orgullo, costumbre o deseo de conservar su independencia, se niega a utilizar un bastón o un andador, incluso cuando lo necesita.


La conversación puso como ejemplo a personas que, aun teniendo indicaciones para utilizar un elemento de apoyo, lo abandonan porque sienten que pueden caminar sin él. En otros casos ocurre lo contrario: utilizan el bastón de manera inadecuada, casi como un señalador, en lugar de emplearlo como apoyo.


El desafío familiar consiste entonces en acompañar sin confrontar permanentemente.


No retar después de una caída


Uno de los puntos más interesantes de la columna apareció al hablar de lo que sucede inmediatamente después de una caída.


Lucía contó la experiencia de una persona que había sufrido una caída dentro de su casa y no podía levantarse. Como tenía el teléfono en otra habitación, tuvo que arrastrarse hasta encontrarlo y pedir ayuda. Cuando finalmente llegó un familiar, además de ayudarlo, hubo un fuerte reto por lo sucedido.


La situación permite pensar en algo que muchas familias hacen desde la preocupación: reaccionar con enojo ante una conducta que consideran imprudente.


Pero, señaló Lucía, nadie quiere caerse. Por eso, después de una situación así, el acompañamiento debería ser lo más amoroso y contemplativo posible. Luego sí pueden aparecer las recomendaciones: mantener el teléfono cerca, no dejar la llave puesta de determinada manera o modificar algún elemento de la vivienda para facilitar el ingreso en caso de emergencia.


La idea es transformar el reto en una oportunidad para prevenir.


Una casa segura también ayuda a conservar la autonomía


Otro de los grandes ejes de la columna fue el acondicionamiento de la vivienda.


Lucía recomendó observar los espacios cotidianos y eliminar obstáculos de las zonas de mayor tránsito. No se trata de 'desvalijar' la casa ni de tirar objetos que para la persona tienen un valor afectivo. Por el contrario, propuso hacerlo con sensibilidad: por ejemplo, guardar recuerdos y objetos pequeños en cajas, conservándolos pero liberando espacios de circulación.


Las alfombras, mesas pequeñas, adornos, sillas y otros elementos pueden convertirse en obstáculos cuando se acumulan en los lugares de paso.


Por eso, los trayectos entre el dormitorio y el baño, la entrada de la casa, la cocina y otros sectores de uso frecuente deberían mantenerse lo más despejados posible. También recomendó contar con iluminación durante la noche, especialmente en el recorrido hacia el baño.


Las mascotas, aunque constituyen una compañía fundamental para muchas personas mayores, también pueden provocar tropiezos cuando se cruzan inesperadamente.


En el baño, uno de los espacios de mayor riesgo, pueden incorporarse elementos de seguridad como superficies antideslizantes y agarraderas o barandas que permitan sostenerse al levantarse del inodoro o al salir de la ducha. Estas modificaciones no solamente reducen riesgos: también pueden darle al adulto mayor más confianza para continuar realizando actividades por sí mismo.


Aprender también a levantarse


Lucía planteó además una propuesta que puede resultar especialmente útil: practicar, en un entorno seguro y con las condiciones adecuadas, cómo levantarse después de una caída.


La idea no es esperar a que ocurra una emergencia para descubrir qué hacer.


Según explicó, ante una caída no se debería intentar levantarse directamente haciendo fuerza abdominal. Una posibilidad consiste en girar hacia un costado, colocarse de manera progresiva hasta quedar apoyado sobre manos y rodillas y buscar luego un punto firme de apoyo, como una silla, la cama o una mesa estable. Desde allí se puede hacer fuerza con brazos y piernas para incorporarse lentamente.


Pero además de la cuestión física aparece otra dimensión: el susto.


Una caída inesperada puede generar miedo y confusión, especialmente si ocurre durante la noche. Por eso, saber previamente cómo reaccionar puede aportar una cuota de seguridad y confianza. Lucía insistió en la importancia de respirar, tranquilizarse y no intentar levantarse apresuradamente.


El objetivo no es evitar toda caída: es evitar que una caída cambie la vida


Hay una idea central que atraviesa toda la conversación: las caídas pueden ocurrirle a cualquiera.


Una baldosa floja, un charco, una distracción, una mascota, el uso del celular mientras se camina o simplemente un tropiezo pueden provocar una caída tanto en una persona joven como en un adulto mayor.


La diferencia está muchas veces en las consecuencias y en la capacidad de recuperarse. Con el paso de los años se pierde fuerza, velocidad de reacción y capacidad para incorporarse rápidamente, por lo que una caída puede resultar mucho más compleja.


Por eso, Lucía marcó una diferencia fundamental: una cosa es sentir miedo después de caerse y otra muy distinta es permitir que ese miedo se convierta en una limitación permanente.


'¿Qué hubiese pasado si...?' puede ser una pregunta comprensible inmediatamente después de un accidente. Pero cuando esa pregunta se transforma en ansiedad y lleva a dejar de salir, caminar o realizar actividades, el problema empieza a ser el miedo.


Volver de a poco a lo que se dejó de hacer


El mensaje final de Lucía fue concreto: no dejar que el miedo paralice.


Si una persona caminaba cinco cuadras y dejó de hacerlo después de una caída, la propuesta es intentar recuperar progresivamente esa actividad. Volver a caminar esas cinco cuadras, y eventualmente sumar una más; volver a hacer el trayecto hasta la panadería; recuperar, de manera gradual y segura, aquellas actividades que formaban parte de la vida cotidiana.


No se trata de negar el riesgo ni de actuar como si nada hubiera pasado. Se trata de que la caída no termine convirtiéndose en una frontera que divida la vida entre un 'antes' y un 'después'.


Prevenir, adaptar la casa, fortalecer el cuerpo, observar las señales, acompañar sin retar y, sobre todo, conservar la autonomía y la confianza son parte de ese camino.


Porque, como planteó Lucía durante la columna, todos podemos caernos. Lo importante es poder levantarnos y seguir.


Noticias Relacionadas