Malena Rolando: el diagnóstico tardío de autismo y la importancia de visibilizar en pequeñas comunidades
En la localidad de O'Higgins, hablar de autismo todavía es, en muchos casos, un tema pendiente. En ese contexto, la historia de Malena Rolando, una joven de 25 años diagnosticada con Trastorno del Espectro Autista (TEA) a los 22, cobra especial relevancia.
Durante su infancia, Malena ya presentaba algunas características que hoy reconoce como parte del espectro: una marcada selectividad con las comidas, preferencia por ciertos colores —principalmente el rosa—, sensibilidad a los ruidos y dificultades para desenvolverse en entornos con muchas personas. Sin embargo, en aquel momento, nada de esto fue interpretado como señales de autismo.
La etapa escolar fue uno de los períodos más complejos de su vida. 'No tuve amistades en mi edad escolar. Me costaba mucho sociabilizar', relata. El aislamiento y las situaciones de bullying se intensificaron especialmente en el paso de la primaria a la secundaria, una etapa que describe como bisagra y particularmente difícil.
Además de las dificultades sociales, también enfrentó obstáculos en el aprendizaje. A pesar de dedicar muchas horas al estudio, la ansiedad y la forma en que se presentaban los contenidos en clase le jugaban en contra. 'En casa estudiaba, pero en la escuela me bloqueaba y me olvidaba de todo', explica.
El diagnóstico llegó recién en la adultez, luego de un proceso de búsqueda personal. Fue evaluada por el Instituto Panaacea, una institución especializada en autismo, donde finalmente obtuvo respuestas.
Malena señala que en mujeres el diagnóstico suele ser más difícil de alcanzar. 'Muchas veces se confunde con otros trastornos o no se detecta', afirma. Incluso su propia familia, en un primer momento, se mostró sorprendida, ya que no habían identificado señales evidentes durante su crecimiento.
Actualmente, Malena trabaja de manera independiente como niñera, realiza tareas de limpieza y desarrolla un emprendimiento de repostería desde su hogar, actividad que descubrió durante la pandemia y que hoy proyecta como un camino de crecimiento personal y laboral.
En su vida cotidiana, busca evitar situaciones que puedan generarle sobrecarga sensorial o emocional. 'Trato de trabajar con poca gente porque es muy agotador adaptarse todo el tiempo', cuenta. También describe lo que implica un 'colapso', una experiencia común dentro del espectro: 'Es cuando te saturás, puede ser por ruidos, emociones o muchas cosas al mismo tiempo'.
Más allá de su experiencia personal, Malena pone el foco en la necesidad de generar mayor conciencia social, especialmente en comunidades pequeñas como O'Higgins, donde el tema aún es poco abordado.
'Falta información, falta capacitación y adaptación. Las escuelas no siempre están preparadas', sostiene. Entre las propuestas que considera fundamentales menciona la realización de charlas para docentes y familias, así como la incorporación de herramientas como pictogramas en las instituciones educativas, que faciliten la comunicación de niños y niñas dentro del espectro.
El testimonio de Malena no solo visibiliza una realidad frecuente —el diagnóstico tardío en mujeres—, sino que también abre la puerta a una conversación necesaria: la de construir entornos más inclusivos y comprensivos.
'Está bueno que más personas se animen a buscar un diagnóstico y a hablar de lo que les pasa', concluye.